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Towla 24

viaje a los cementerios más célebres del planeta

mayo 4, 2021

En dirección a finales del siglo XVIII en París los cementerios no daban abasto. Las epidemias y la insalubridad mataban más que las guerras -Europa no siempre fue limpia, reluciente y con buen olor- y los muertos no paraban de amontonarse provocando a su vez nuevas enfermedades. A las autoridades se les ocurrió entonces crear unas catacumbas a imagen y referencia de las de Roma para arrinconar allí los cadáveres. Se inauguraron en 1786. Hoy son uno de los principales atractivos turísticos de la ciudad. Y fue precisamente allí donde la escritora argentina Mariana Enriquez (Buenos Aires, 1973) robó un hueso (al que llamó François) que consiguió acaecer todos los controles, escáneres y que hoy anda por su casa de Buenos Aires. A comienzos del siglo XX así funcionaba nuestra seguridad.

‘Cierto camina sobre tu tumba’

“Pasado con el tiempo yo siquiera entiendo muy aceptablemente qué hice. O por qué lo hice. Creo que fue ese momento y ese zona, que tiene poco lúgubre y a la vez, hay cierta perversidad en la distribución de los huesos, que están ordenados estéticamente. ¡Y eso lo hizo la familia que trasladó los huesos!”, cuenta Enríquez a El Confidencial en una conversación por teleobjetivo. Esta historia de François está incluida en el manual de crónicas ‘Cierto camina sobre tu tumba. Mis viajes a cementerios’ (Emblema), que incluye recorridos por camposantos míticos como el de Montparnasse, Génova, el cicatero de Praga, Listón o la Recoleta en Buenos Aires, pero con la vistazo personalísima de esta autora considerada la nueva reina del terror por libros como ‘Las cosas que perdimos en el fuego’ o ‘Nuestra parte de la tenebrosidad’, con el que consiguió el premio Herralde de novelística.

“En el cementerio de Edimburgo la familia va como loca a ver muertos que tienen los apellidos de los personajes de Harry Potter”

No esperen encontrar aquí una pauta turística sino humanidades. Porque a Enríquez, fascinada por ese razonamiento razonable que dice que hay más muertos que vivos, seguidora de la estética neogótica y punk desde adolescente, lo que le interesan son las microhistorias de los que se fueron, que no solo puede ser una persona sino igualmente un heroína o un perro que una vez pasó a mejor vida con ciertos honores. O incluso de los que se convirtieron en personajes literarios sin serlo “En el cementerio de Edimburgo la familia va como loca a ver muertos que tienen los apellidos de los personajes de Harry Potter porque la autora paseaba por el cementerio, que le quedaba cerca del bar donde estaba escribiendo, y tomaba de allí los apellidos. Pero no tienen nadie que ver con los personajes”, explica la autora sobre este tipo de historias que comenzó a acaecer a lapicero y papel en 1997. De hecho, estos paseos por 16 cementerios se publicaron originalmente en 2014, aunque la nueva impresión incluye ocho camposantos más. Y es muy probable que haya un tercer cuerpo, puesto que Enríquez tiene previsto -cuando se pueda -visitar cementerio asiáticas, africanas y rusas.

Cementerio de Greyfriars en Edimburgo

Todo comenzó por un entierro. El de Marta Dillon, la raíz de una amiga que había estado desaparecida desde la dictadura. Se encontraron los restos y, a posteriori de un año de tenerlos en casa, la hija decidió enterrarlos. Aquello fue masivo. “Fue un acto político y de alivio colectivo”, manifiesta la escritora, quien se dio cuenta de la fascinación que existía en su país “con esa parte de la historia y de mi infancia porque yo viví la dictadura como un pequeño. Y lo terrorífico de la dictadura argentina fue que se robaron los cuerpos. Mataban a la familia sin razón y hacían desaparecer los cuerpos, lo cual doblaba el trauma en la familia. No es lo mismo que te devuelvan un cuerpo y que te permitan enterrarlo y terminar con todo el rito. Hay familia que incluso durante primaveras esperaba el regreso, lo cual es una cosa totalmente perversa”. La investigación sobre los cementerios se convirtió en una investigación sobre el duelo: “Una tumba con un nombre es la forma en la que duelamos, donde se termina la vida y hay cierta conclusión, y no esa cosa fantasmal que atormentó mi infancia en lo personal y la sociedad en la que vivo en lo caudillo”, asegura.

Barrocos, elegantes y recatados

Así, en este peregrinaje por distintos camposantos de todo el mundo observó las diferentes formas en las que nos enfrentamos a la homicidio y la simbolizamos. Todo ello sin querer entrar en conclusiones sociológicas, porque al fin y al lugar se define como escritora. Pero sí pudo ver la diferente presentación de los propios cementerios.”Si vas al de Génova es acojonante. Hay cientos de estatuas de mujeres desnudas bailando con esqueletos. O cosas rarísimas como un chaval jugando con un aro de los primaveras vigésimo y detrás de él dos manos de bronce que salen del suelo. Es una cosa terrorífica. O familia de tamaño natural muriendo en su cama. O el patriarca con toda la clan más o menos. Eso no lo ves en España. No existe. Como lo de mostrar los huesos, que es una cosa muy francesa y muy italiana, y nadie española”, comenta la autora que define a los cementerios italianos como barrocos a los franceses como elegantes y a los españoles como modestos y recatados. Quizá esa sea nuestra relación histórica con la homicidio.

“En Asturias entré en un cementerio pequeño y había familia limpiándolo que te hablaba y se hablaban entre ellos como si fuera un zona de choque”

Otra diferencia plausible es la que se da entre los cementerios de los pueblos y los de las grandes ciudades. De alguna forma en los primeros, dice la autora, siempre vas a estar menos solo. “En Asturias entré en un cementerio pequeño y había familia limpiándolo que te hablaba y se hablaban entre ellos como si fuera un zona de choque… Eso igualmente lo puedes ver en pequeños cementerios de acá, pero no lo vas a ver en ningún gran cementerio de una ciudad latinoamericana. Las grandes ciudades, sean europeas o latinoamericanas. producen una distancia. Entras en un gran cementerio de Pimiento, de Uruguay o de Argentina y estás solo como en un gran cementerio de Barcelona. No es el flujo de familia que puedes ver en un pequeño pueblo de España o un zona popular de América Latina”, apostilla. Ni siquiera en México, con toda esa idiosincrasia del día de los muertos y la parafernalia macabra. “El resto de días están tan vacíos como en cualquier otro sitio”, sostiene.

Engendro turístico

No obstante, puede que haya cementerios que al punto que se pisan, pero hay otros que cobran incluso entrada. El engendro que más se ha desarrollado en las últimas décadas es el del cementerio turístico. Ocurre en Pere Lachaise, en París, en el cicatero de Praga, en el Highgate de Londres o en La Recoleta de Buenos Aires, donde como afirma Enríquez, la familia se vuelve loca buscando la tumba de Eva Perón “y pensando que van a encontrar un cripta. Es un panteón con un pequeño pasillo y ves a hordas de familia metidas en ese pasillito… Es muy raro”. La misma manada móvil en mano se da en Praga, “que es un descontrol. Es de una hostilidad horrible, con una huesito dulce espantosa, nadie te explica nadie, todo es “siga rápido porque tiene que entrar el otro peña””, manifiesta.

El panteón donde se encuentra Eva Perón en La Recoleta

Para la escritora hay una explicación monetaria de este engendro. Se trataría de una cuestión de conservación. “Un cementerio como Pere Lachaise requiere una inversión enorme. Y no lo puedes dejar porque, qué sé yo, está la tumba de Oscar Wilde. Y en el de Recoleta están todos los próceres de la Argentina, todos los héroes de la independencia… Hay familias que tienen parné, pero otras no, y cuando dejan de respaldar… pues a Oscar Wilde no lo puede tirar por ahí. Hacerlos turísticos es una forma de percibir”, comenta. La otra cuestión, la de la fascinación por las tumbas, es más difícil de averiguar. “¿Por qué la familia va? Eso es más misterioso?”, admite. Curiosamente en España esa fascinación no existe. Nadie se muere por saludar una tumba famosa. Ni siquiera el panteón de los hombres ilustres, en Madrid, donde se encuentran Canalejas, Sagasta o Cánovas del Castillo, es un zona turístico.

Hacerlos turísticos es una forma de percibir. La otra cuestión, la de la fascinación por las tumbas, es más difícil de averiguar

Todo esto de la homicidio lleva a conversar igualmente de la pandemia. Posiblemente porque hacía mucho tiempo que en los países occidentales no se hablaba tanto de muertos, aunque, como dice Enríquez, en Argentina no se hayan conocido ataúdes. “Si no tenés determinado cercano [los muertos] no existen. Me sorprende que esto no se trate de utilizar siquiera como cierta resistor a las medidas de protección. No digo asustar a la familia, pero sí hacerles ingenuidad el hecho porque es extraño que te digan que se murió tanta familia y que no veas nadie nunca a posteriori de un año. No creo que sea una audacia política sino que es una reacción respecto a lo que está pasando. Como si hubiera poco pudoroso”, sostiene mientras advierte de que hay ya mucha familia que “tiró la toalla de los cuidados porque no lo estaban pasando tan mal siquiera y no puedes soportar la tensión de estar pensando todo el tiempo, no ya en la homicidio, sino en contagiar a otros. Ya es: que ocurra lo que tenga que ocurrir”.

Cementerio cicatero de Praga

La escritora critica el mal uso de las metáforas. “Aquí se usa mucho el de la pelea. Pero en una pelea hay ruidos, hay bombas, hay muertos en la calle, al hijo lo mandan a la pelea y vuelve mutilado o vuelve en féretro. Pero acá no tenemos ni el féretro. Es muy fantasmal igualmente”. El virus que no se ve y la homicidio que no está.

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