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Towla 24

¿Por qué nos cuesta cambiar de opinión?

abril 27, 2021

Ha hecho carrera atacar desde las redes o desde donde sea a quienes piensan diferente o a quienes, ciertos sectores, ven como enemigos, muchas veces sin fundamento alguno. Es claro que a los seres humanos nos cuesta cambiar de opinión, tal vez porque creemos que hacerlo nos vulnera frente a los demás. Aceptar que nos equivocamos, que no tenemos siempre la razón es, pues, un acto de sensatez que todos deberíamos alcanzar, pero que no siempre logramos. Nuestro cerebro nos pone trampas dirigiéndonos a sesgos de confirmación, tal vez por temor a ser rechazados o excluidos de la tribu a la que pertenecemos y por lo normal, donde las ideas están regularmente homogenizadas. Tenemos miedo a aceptar nuestros errores, más ahora en un mundo dominado por las redes en el que la verdad les pertenece a todos y a nadie.

Steven Pinker lo explica así: “Las personas son abrazadas o condenadas de acuerdo a sus creencias, así que una función de la mente puede ser la de nutrir creencias que traigan al poseedor de la creencia el longevo número de aliados, protectores o discípulos, en oficio de creencias que es más probable que sean verdaderas”. Con el tiempo vamos adquiriendo nuevo conocimiento y vivencias que nos llevan a crear paradigmas aceptados por nosotros mismos y que a la vez nos generan vínculos relacionales con otros. Quizá, la dopamina y serotonina que se irriga en el cerebro cuando sentimos que anejo a otros tenemos la razón, nos lleva de modo peligrosa a anclarnos en creencias a pesar de que los hechos y la ciencia digan que estamos errados.

Obstinarse en una idea a toda costa es un bisagra peligroso que nos impide avanzar. La convocatoria modernidad tiende a agenciárselas la homogenización de criterios, creencias, estilos de vida, y un amplio etcétera que albarca todos los campos de nuestra existencia. Pero sin la controversia no hay civilización que sobreviva. Es como si estuviéramos diseñados para un mundo binario de frío o caliente, izquierda o derecha, suspensión o bajo incluso sin contextualizar en muchos de los casos y, es precisamente a lo que deberíamos rajar la mente y tener la capacidad y valentía de defender con criterio nuestros puntos. A mi proceso, ese miedo a lo diferente, esa tendencia a restringir todo y a evitar el debate pone en peligro los cimientos más caros de nuestra sociedad y nuestra subsistencia como especie.

Bienvenidas las opiniones diferentes que favorecen el debate con cúspide y la aprobación de la diferencia como pilar fundamental para la construcción de cualquier sociedad que pretenda el admisiblemente popular. Bienvenidos quienes con ideas nos cambien y transformen nuestros pensamientos y creencias. Qué tal si como sociedad estamos más dispuestos y conscientes, pasando de los ataques que buscan aplastar al otro a ser exploradores de nuevas posibilidades. El economista canadiense John Kenneth Galbraith decía: “En presencia de la dilema de cambiar de opinión y demostrar que no hay indigencia de hacerlo, casi todo el mundo se ocupa de la prueba”.

Siempre me he preguntado ¿por qué nos cuesta innovar en nuestras creencias? ¿Por qué nos es tan difícil convenir que hemos estado equivocados en algún momento? ¿Por qué se dificulta a veces darle la razón a otro independientemente de su orden o liderazgo? Tal vez, no haya una sola respuesta para estas preguntas, pero creo que intentar responderlas ya es un paso en la dirección correcta

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