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Towla 24

Pandemia. Un viaje al mundo de Axel Kicillof de la mano de la “Tía Tere”

mayo 2, 2021

“Hace yerro una voz más firme”, exclama Teresa García, ministra de Gobierno de la provincia de Buenos Aires. No pone el nombre, pero toda la distribución de Axel Kicillof lo sabe: alude a Alberto Fernández. La gobierno porteño exuda inconformismo con el manejo de la pandemia. No creen en medidas intermedias, sino en un candado total para alejar el quebrada del colapso del sistema taza, que perciben cercano. “Hay que plantearlo con firmeza desde la política”, insiste García, una peronista tradicional inserta en el universo Kicillof. Los anuncios presidenciales estuvieron remotamente de aplacar la inquietud en La Plata.

La “Tía Tere”, como le dicen a García los dirigentes de existencia intermedia que rodean al director, pide en divulgado una reacción más rigurosa frente a la pandemia. Pero en privado, como en el chat de ministros que entrelaza al junta de Kicillof, las formas se cuidan mucho menos. El martes pasado, tras la reunión de los infectólogos con el superior de Recibidor, Santiago Cafiero, y la ministra de Sanidad, Carla Vizzotti, un ministro porteño estalló en el asociación de WathsApp con un “¡no se entiende lo que quieren proponer!” y encontró el respaldo de sus colegas. El blanco del malestar eran los mensajes que surgían de la Casa Rosada, que descartaban la privación de avanzar en dirección a una período más restrictiva, que aludían a “una ligera inflexión en dirección a debajo de la curva de casos”. El propio Kicillof terminó por transmitirlo en divulgado en su conferencia del viernes. “Algunos hablan como si fuera muy bueno estar en una meseta, pero es inadmisible, es un sistema que está al borde del colapso”, dijo el director. No era la concurso el destino de su mensaje. “No es momento de tomar decisiones mirando encuestas”, insistió. El inconformismo de Kicillof puede retornar a brindar la caja de las medidas sanitarias.

En la gobierno piden más firmeza a la Casa Rosada con las restriccionesProvincia de Buenos Aires

En la gobierno saben que para alcanzar su objetivo solo hace yerro que suene el teléfono rojo, la confín que comunica a Cristina Kirchner con Alberto Fernández. Es la apelación de última instancia, la citación que el Presidente no puede eludir.

Las decisiones frente a la pandemia se toman en medio del fuego incesante que atraviesa a la política argentina, con los consensos quebrados por medidas inconsultas y acusaciones recíprocas.

Con la ventana y la puerta de su despacho abiertas para que circule el clima y aleje los virus, Teresa García se queja contra el “posicionamiento cínico” que atribuye a sectores políticos de la concurso que alientan “no creer en carencia”, critica las marchas contra las restricciones y acusa a Juntos por el Cambio por la marbete de “infectadura”. Pero asimismo reconoce exabruptos propios. “Algunos de los nuestros siquiera ayudan, a nosotros asimismo a veces se nos va la franja”, admite.

En su escritorio tiene el texto del politólogo Juan Linz, “La grieta de las democracias”, el prueba que analiza los factores que llevan a un régimen demócrata a partirse desde su interior, el momento en que da paso al autoritarismo. Uno de los puntos que estudia Linz es la convivencia entre oficialismo y concurso.

Cinco año detrás, cuando todavía era diputada, la coincidencia quiso que a su banda se sentara Axel Kicillof, que había sido el postrero ministro de Caudal de Cristina Kirchner. En su primer día como diputado, Kicillof buscó una banca vacía, se ubicó y al torcer la observación descubrió a Teresa García. A simple olfato, el director y su ministra tienen poco en popular. Desde temprana existencia, García hizo carrera en el peronismo. Abrazó con vehemencia a la renovación de Antonio Cafiero, el líder de un peronismo demócrata que en los primaveras ochenta compartió con Raúl Alfonsín el ventanal de la Casa Rosada para redimir al sistema político. Axel Kicillof creció en la política como un dirigente universitario de izquierda, que criticaba la hacienda de Néstor Kirchner y Roberto Lavagna. Teresa García es hija de una modesta costurera del morería La Candelaria, en San Isidro, y su padre murió cuando escasamente tenía 7 primaveras. Axel Kicillof es hijo de dos psicoanalistas de Recoleta, formado en el Colegio Franquista de Buenos Aires. Poco en popular. Y, sin requisa, el director adoptó a Teresa García como su ministra de Gobierno, la encargada de dialogar con intendentes y opositores. Le delegó aquello que el director siente visible, la negociación política.

En 1988, Antonio Cafiero, el referente de Teresa García, fue derrotado en la interna del peronismo por Carlos Menem. Aquella referéndum marcó en gran medida el fin de un plan de convivencia política entre oficialismo y concurso. Las astillas de aquel quiebren todavía marcan el presente. “La Argentina hubiera sido mejor si Cafiero ganaba la interna”, sostiene ahora García, durante una extensa charla con LA NACION y más de tres décadas a posteriori del fin de la renovación peronista. ¿Cómo coexiste ese pensamiento con la imagen de Cristina Kirchner en su escritorio, en una Argentina agrietada donde un ventanal compartido entre la vicepresidenta y Mauricio Macri es una postal inútil? “Nadie puede pedir que Cristina tenga modales”, avala García, como si la imposibilidad fuera un problema de carácter.

La “Tía Tere” prefiere evitar los nombres propios al cuestionar el manejo de la pandemia por parte del gobierno franquista. Pero no tiene reparos en identificar a su adversario. “El problema es Mauricio Macri, es el comandante de la concurso. Y ahora, el firme se comió a la paloma”. La ironía zoológica alude a Horacio Rodríguez Larreta. En el gobierno de Axel Kicillof interpretan que la postura del superior de gobierno porteño de apoyar las clases presenciales fue una valentía tomada por la presión de Macri en el interior de Juntos por el Cambio. “Macri ejerce la comandancia opositora, pidió a los intendentes que se rebelen y le corrió el meta a Rodríguez Larreta”, sostiene García.

En su tablero político, la gobierno imagina que juega una partida contra el expresidente en el camino a las elecciones. Y por eso están convencidos de que María Eugenia Vidal, a pesar de sus deseos, va a terminar por competir como candidata en el condado porteño. “Vidal va a retar en la provincia, porque finalmente la valentía de ese espacio político la toma un sistema donde la comandancia la tiene Macri”, insiste la ministra de Axel Kicillof. Son las elucubraciones electorales que atraviesan La Plata.

Allí, en la casa de Gobierno de la provincia de Buenos Aires, las fotografías en los despachos, las referencias, los descomposición; todas las señales confirman que la mando del espacio político de Kicillof la ejerce Cristina Fernández de Kirchner. ¿Cómo se acepta a Alberto Fernández? “En ese momento, cuando hubo que confrontar al macrismo, Alberto fue el candidato ideal para que todo el peronismo fuera cercano”, avala García.

Fernández fue, entonces, una opción táctica, no un liderazgo aceptado. El presente hereda ahora las consecuencias de aquella pasada. ¿Y en dirección a el futuro? “La relación de Mayor Kirchner y Sergio Massa es impecable, no hay discusión por cartel francés –avala García-. Y prescindir de Cristina Kirchner sería una esquizofrenia, no hay otra persona en el peronismo que tenga la adhesión que tiene ella”.

Axel Kicillof enfrentó críticas por su política económica durante su paso por la cartera de Hacienda del postrero gobierno de Cristina Kirchner. Pero atravesó la distribución sin denuncias de corrupción, a diferencias de otros compañeros de junta. Teresa García subraya el contraste con una toma de posición: “José López tiene que estar preso toda la vida”, exclama la ministra, en remisión al exsecretario de Obras Públicas, que fue sorprendido cuando intentaba esconder bolsos con unos 9 millones de dólares. ¿Y Cristina Kirchner, quien le entregó a López durante su gobierno la responsabilidad e manejar las obras públicas de toda la Argentina? “No sé si Cristina Kirchner sabía, hay muchos funcionarios en un gobierno y creo que ella es absolutamente honesta”, avala la ministra de Kicillof.

García descarta que la vicepresidenta busque un acuerdo para frenar los procesos judiciales en su contra. “A los jueces les dijo: hagan lo que tengan que hacer”, argumenta.

Poco antiguamente del fallecimiento de Néstor Kirchner, la flagrante ministra de Gobierno se separó de un nupcias de más de tres décadas. Se había casado a los 19 primaveras. Luego militó contra el duhaldismo y fue parte activa del Frente de Todos porteño. La sombra de la crimen de Kirchner fue a la Plaza de Mayo. La movilización ya mostraba un número inesperado de jóvenes, que servirían luego de plataforma para el relanzamiento del kirchnerismo. Más tarde llegaría la derrota en manos de Macri y la convivencia legislativa con Kicillof, cuando comenzó a bregar porque el exministro de Caudal fuera el postulante a director en la provincia de Buenos Aires. “Hacía yerro un candidato no tradicional, que fuera disruptivo; porque Vidal parecía invencible, hasta que Macri le soltó la mano cuando rechazó desdoblar las elecciones”, reconstruye. No anticipa todavía una candidatura de Kicillof para 2023, como aspira gran parte del cristinismo. “No hay que acelerar escenarios, adicionalmente de la maldición de Garrocha Rocha”, dice. El maleficio aludido nace con la fallida intención del director Garrocha Rocha por convertirse en presidente en 1886, que luego signó asimismo las pretensiones frustradas de otros bonaerenses como Marcelino Ugarte, Manuel Fresco y Domingo Mercante. Eduardo Duhalde no llegó a la Presidencia por el voto popular, sino por una valentía de la Asamblea Legislativa tras la crisis de 2001. La maldición se mantiene intacta. Y empuja a la cautela. La crisis sanitaria, la multiplica.

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