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Towla 24

Más allá del déficit fiscal: de la tributaria a los verdaderos problemas económicos de la pandemia

mayo 2, 2021

El cargo fiscal ha sido vendido como una de las principales preocupaciones económicas en tiempos de pandemia. Pero esta es una visión muy escasa y ortodoxa para un tiempo que presenta desafíos más inmediatos y reales, como los problemas de empleo o la crisis sanitaria. ¿Es hora de producirse a segundo plano las preocupaciones fiscales?

En palabras muy sencillas, un cargo fiscal se puede constreñir como la diferencia entre lo que se tiene y lo que verdaderamente se necesita. Bajo esta perspectiva, la visión convencional de las finanzas públicas asociada con un situación de finanzas sanas suele localizar el desembolso manifiesto para que esta distancia no supere niveles “inconvenientes”.

Sin incautación, estos niveles “inconvenientes” no son completamente neutrales y si acertadamente bajos índices de cargo suelen ser señales favorables para los acreedores del país, incluso tienden a ser negativos para los derechos sociales y otros déficits reales, como el de empleo e infraestructura.

En este sentido, Abba Lerner, quien fue profesor en la Universidad de California en Berkeley en los primaveras 60 del siglo XX, argumentaba que la prosperidad era mucho más importante que la obsesión de oscilación entre ingresos y gastos para el caso de un gobierno. La historia es diferente si se mira el oscilación entre ingresos y gastos de una tribu donde, sin duda, la existencia de un cargo crea momentos difíciles, mayores niveles de endeudamiento y al final menores índices de calidad de vida. Esta es hoy la efectividad de muchos hogares colombianos en los que la palabra peculio es un sueño futuro: un documentación de junio de 2020 del Observatorio fiscal de la Universidad Javeriana muestra que menos del 55 % de las familias en el país logran algún nivel de peculio.

Pero en el caso añadido de la peculio, la deducción es diferente y es fundamental impulsar el desembolso, y así recuperar la demanda efectiva, siendo el cargo fiscal un problema último que los déficits reales. No se puede olvidar que la macroeconomía funciona diferente de las micro y las falacias de agregación, desafortunadamente, han minado la peculio hasta nuestros días.

Volviendo a la perspectiva de Lerner, aparecen las llamadas finanzas funcionales, donde se rompen los prejuicios sobre el cargo fiscal y lo que se entra a evaluar son los existencias del desembolso sobre las condiciones económicas reales de las personas. Estos son los indicadores que verdaderamente deberían importar, especialmente en medio de una pandemia que ha destrozado los cimientos sobre los que operaban las sociedades, incluyendo las verdades de a puño del establecimiento crematístico.

En esta perspectiva, entonces, la reforma tributaria no debería estar tan preocupada por el cargo fiscal, sino más acertadamente por otros déficits como el de las condiciones materiales de vida de los colombianos y las deficiencias de empleo entre jóvenes y mujeres, por dar algunos ejemplos.

Las estadísticas en estos escenarios no son cero alentadoras. Por un flanco, las cifras de pobreza del DANE, que revelaron esta semana que la pobreza monetaria se ubicó en el 42 % en 2020, son el reflexivo de la fracción inferior de la clase media que es frágil y indefenso, a pesar de que se pensaba que se había consolidado.

Por otro flanco, en materia de desempleo vivaz (entre 14 y 28 primaveras) los datos más recientes del DANE para el trimestre móvil entre enero y marzo de 2021 muestran una monograma del 23,9 %, es opinar, aproximadamente uno de cada cuatro jóvenes en el país no tiene trabajo. El caso es más dramático si se mira por carácter, pues el desempleo vivaz femíneo se encuentra aproximadamente del 31,3 % en el mismo período: en otras palabras, una de cada tres mujeres jóvenes no tiene empleo.

La conclusión es evidente: existe un cargo de empleo, especialmente en los jóvenes, que está allá de resolverse solucionando el cargo fiscal con las propuestas actuales de la reforma tributaria.

En este sentido, desde las finanzas funcionales de Lerner, ¿no sería mejor solucionar primero estos déficits reales pasando a un segundo plano los déficits presupuestales? ¿Por ejemplo, si hay un software de empleo asegurado para jóvenes no será mejor cobrar impuestos en un segundo momento?

En marzo de este año salió la traducción en castellano del volumen El mito del cargo”, de la profesora Stephanie Kelton, en el que en una perspectiva alternativa de la macroeconomía se plantea que los impuestos aparecen en un segundo momento, pues en un principio un Estado con moneda soberana tuvo que hacer un desembolso “originario” de la cero para dar un impulso a la peculio. Parece descabellado, pero tiene sentido, y una ojeada detallada del primer capítulo de este texto puede cambiar su forma de ver las finanzas públicas, así no sea economista.

Para resumir la nuez del asunto que plantea la profesora Kelton, los impuestos aparecen es para regular la actividad económica, controlar la inflación, pero no para financiar el desembolso que se haga en moneda propia. En esta perspectiva surgen preguntas incómodas: ¿qué fue primero, el desembolso o los impuestos? ¿Cómo puedo remunerar impuestos en un momento “cero” si no hay una retransmisión previa? Estas consideraciones reconocen implícitamente la naturaleza endógena del capital (cada vez más aceptada) y la idea de que el capital en principio es deuda.

Bajo esta perspectiva, el cargo termina siendo un mito para Kelton y la obsesión por el mismo tiene profundas consecuencias para los ciudadanos y sus condiciones de vida y derechos sociales.

Las ideas de Lerner y Kelton llevan a volver la intuición económica, pero son sólidas y consistentes teóricamente, a pesar de que pueden carear restricciones en economías periféricas abiertas cuando gran parte del desembolso y la deuda son en moneda extranjera y existe una dimensión asociada a las jerarquías monetarias y financieras que condiciona las decisiones de desembolso de los gobiernos, sobre todo en países emergentes.

Muchas de estas ideas que se enmarcan en lo que se conoce como la Teoría de la Moneda Moderna (MMT, por su sigla en inglés) son provocativas y discutibles, pero sin duda hacen un llamado a descabalgar del trono a la supremacía de la disciplina fiscal y mucho más en medio de la peor crisis en casi un siglo. Hoy los déficits que más importan son otros, y eso que no hablamos siquiera de los déficits en términos climáticos y de protección social, que cada vez son un viejo oposición para el planeta.

La macroeconomía ortodoxa moderna dista de ser una ciencia pura y, más acertadamente, se deben revalorar los preceptos de disciplina fiscal y sobriedad, más aún cuando hay una obsesión por tapar un hueco fiscal sin que las condiciones reales de la peculio den para ello. Hacer una reforma tributaria en la que más de la porción del recaudo esperado va a ir alrededor de el plazo del servicio de la deuda, cuando los faltantes básicos no han sido solucionados, está allá de ser una ley solidaria y sostenible. Gran parte de las masivas movilizaciones del pasado 28 de abril hacen un llamado a ponerles atención a los otros déficits, a los que afectan la cotidianidad y la vida vivo.

Hay un top 0,01 % de los colombianos que quieren insistir en un maniquí de crecimiento humanitario para unos pocos y, en el fondo, defender su statu quo. Poco no está acertadamente cuando en medio de una de las peores crisis de la historia un sector como el financiero tiene datos positivos de crecimiento de forma continua, mientras que el resto de renglones se desmoronan. Así, lo que se tiene es una peculio trabajando para la banca y las finanzas, actores que con emergencia presionan la aprobación de la reforma y ponen a sonar los fantasmas de la pérdida del fracción de inversión y las calificadoras en dimensiones apocalípticas.

Sin incautación, siempre hay alternativas, y más cuando el plan de ley tambalea hoy en el Parlamento.

En medio de la crisis del COVID-19 se logró suspender la regla fiscal por dos primaveras para llevar cuando se necesita. Y tal vez el cargo y las calificadoras pueden esperar un poco más si el Ocupación de Hacienda, en vez de alumbrar todas las energías para persuadir al país sobre la importancia de la reforma para los programas sociales, utiliza su lobby para despabilarse acuerdos con los acreedores que den tiempo y flexibilicen las lógicas que siguen poniendo a la disciplina fiscal en el Olimpo de la macroeconomía criolla, cuando en otras latitudes ya se discute si el seguridad fiscal debe verdaderamente ser la prioridad.

* Profesor de la Escuela de Finanzas de la Universidad Doméstico de Colombia.

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