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La retirada forzosa de Scott Rudin, el jefe tirano de la industria del entretenimiento | Cultura | ICON

abril 29, 2021

Tanto en Hollywood como en Broadway se tenía constancia de que el todopoderoso productor de cine, teatro y televisión Scott Rudin era un superior arrogante y tóxico de puertas adentro. Tirando de hemeroteca, la mala triunfo del creador de títulos históricos como El Show de Truman, La red social, Sister Act, Fuera de onda, No es país para viejos, Zoolander, El Gran Hotel Budapest o Lady Bird estaba más que documentada. Ya en 1998, la revista Fortune publicó un artículo que evidenciaba su explosivo temperamento: no solo tenía el habilidad de exhalar el teléfono a sus empleados –que trabajaban 16 horas al día de lunes a domingo–, adicionalmente abusaba verbalmente de ellos. “Ha despedido a muchedumbre por traerle el pastel inexacto, por pronunciar mal un nombre y, al menos en un caso, por tener que asistir a un funeral”, agregó por su parte Page Six en 2014. El retrato de este hombre de 62 primaveras, sin duda, siempre ha sido más cercano al de un sociópata que al de un patrón que goza del status de triunfador del EGOT, como se denomina a la adquisición de los cuatro premios más importantes del entretenimiento: un Emmy, un Grammy, un Oscar y un Tony. Es poco reservado a un puñado de artistas o productores –solo hay 16 personas que lo han rematado– y él es una de ellas.

Durante cerca de cuatro décadas se creyó intocable. Al menos, judicialmente. Sin incautación, todo cambió este 7 de abril cuando The Hollywood Reporter sacó a la luz un demoledor reportaje en el que varios de sus extrabajadores narraban algunos de los capítulos más aterradores vividos en su despacho. Por ejemplo: el 31 de octubre de 2012, Rudin rompió el instructor de un ordenador Apple en la mano de uno de sus asistentes. El motivo: no pudo conseguirle un billete de avión porque el revoloteo que quería se había quedado sin plazas. “Todos estábamos conmocionados porque no sabíamos que ese tipo de cosas podían ocurrir en esa oficina. Sabíamos que podían producirse muchas cosas. Había tipos que dormían ahí, a los que se les caía el pelo y les salían úlceras. Era un condición muy tenso, pero eso era diferente. Era un nuevo nivel de desquiciamiento, un nivel de descontrol que nunca había trillado ayer en un división de trabajo”, confesó a la publicación Andrew Coles, un antiguo ejecutor que fue testimonio de la extraordinario terreno.

Asimismo, el texto de The Hollywood Reporter recoge el declaración de una mujer despedida por tener diabetes tipo 1. Igualmente se relata cómo en 2018 Rudin arrojó una papa asada a la cara de un miembro de su equipo porque no le había abonado en la dietario que tenía una cita con la distribuidora A24. O el día que llamó “retrasado” y lanzó una grapadora a uno de los responsables de sus obras teatrales. Por otra parte, en esos párrafos se detalla que solía castigar a quienes abandonaban su puesto de trabajo eliminando todos sus logros de la pulvínulo de datos de IMDb. O, incluso, que cuando una de sus subordinadas se fue a The Weinstein Company, escribió un mail a su enemigo Harvey Weinstein –era conocida la rivalidad entre uno y otro para hurtar los mejores proyectos y atesorar más nominaciones a los Oscar– para advertirle de que había contratado a una ladrona. Era una chisme, claro.

En 2005, en una cuarto de The Wall Street Journal irónicamente titulada “Boss-Zilla!” (serie de palabras entre “superior” y Godzilla), el propio Rudin presumía de suceder despedido a 119 asistentes en cinco primaveras. En eso mintió: muchos señalan que la guarismo superaba con creces los 250. Curiosamente, el perfil de las personas que contrataba como ayudantes era similar: jóvenes de veintipocos, maleables y recién salidos de la universidad. La gran mayoría, en presencia de aquellos incontrolables ataques de ira, aparcaron para siempre sus ansías de crearse una carrera en la industria del entretenimiento. Ningún osó demandarle por miedo a futuras represalias.

Scott Rudin (derecha) con David Fincher, que dirigió uno de sus grandes éxitos como productor: ‘La red social’.Kevin Winter / Getty

Al menos, hasta ahora, cero ni nadie había podido destruir con él. Y ha habido motivos. Por ejemplo, en diciembre de 2014, tras el sonado ciberataque que sufrió Sony, emergieron públicamente miles de correos electrónicos. En uno de ellos, dirigido a Amy Pascal, la que fuera presidenta de Sony Pictures Entertainment entre 2006 y 2015, Rudin bromeaba –al retener que Pascal iba a tener un disputa con Obama– con que seguramente al presidente le encantarían películas como 12 Abriles de Esclavitud, Django desencadenado o Amistad: todas, con argumentos relacionados con la esclavitud. Sí, pidió perdón. Pero como el cómico Chris Rock afirmó poco luego en una entrevista: “Scott Rudin no es racista. Scott Rudin odia a todo el mundo”.

El magnate, casado desde hace primaveras con el agente de prensa John Barlow, se ha trillado acorralado por primera vez. Sobre todo porque el Hollywood de la era #MeToo está reexaminando sus estructuras de poder y condenando cualquier tipo de despotismo. El mutismo es cosa del pasado. Prueba de ello es que acoplado cuando The Hollywood Reporter lanzó esa proyectil, la productora Megan Ellison, quien coincidió con él en Valía de Ley, recurrió a su cuenta de Twitter para escribir lo futuro: “Este artículo casi nada roza la superficie del comportamiento desmedido, racista y sexista de Scott. Como en el caso de Harvey, muchos tienen miedo de balbucir. Apoyo y aplaudo a los que lo hicieron”.

Otro que se ha pronunciado es Hugh Jackman, el futuro protagonista del musical The Music Man, una producción de Rudin que el próximo año se reestrenará en Broadway. “Quiero aseverar cuánto respeto y aplaudo a las personas que han hablado de su experiencia. Hay que tener mucho valía y mucha fuerza para dar la cara y aseverar la verdad. Esto ha iniciado una conversación que debería suceder tenido división hace mucho tiempo, no solo en Broadway y en la industria del entretenimiento, sino en cualquier plantilla”, expresó el actor en un comunicado. Hoy por hoy, ni los hermanos Coen (Rudin ganó su único Óscar por No es país para viejos) ni Wes Anderson, dos de sus mayores aliados en la taquilla, han querido entrar en la polémica.

Tal ha sido el calibre mediático de estas últimas informaciones que a Rudin no le ha quedado otra que claudicar. El 17 de abril aseveró en The Washignton Post que “tras un período de consejo, he tomado la atrevimiento de retirarme de la décimo activa en nuestras producciones de Broadway, con propósito inmediato”. A su vez, apostilló: “Se ha escrito mucho sobre mi historial de interacciones problemáticas con colegas, y lamento profundamente el dolor que mi comportamiento les ha causado, directa e indirectamente. Estoy tomando ahora las medidas que debería suceder tomado hace primaveras para hacer frente a este comportamiento”. Tres días más tarde, en el mismo medio, añadió que además se retiraba de sus proyectos de cine y streaming. Lo que sigue siendo un intriga es cuánto tiempo permanecerá en la sombra.

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