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Juan Morales Ordóñez: El aborto | Columnistas | Opinión

abril 29, 2021

29 de abril, 2021 – 00h02

Internacionalmente la acogida y la permisión del pérdida se expande por todo el mundo porque se considera como un avance de la humanidad. Quienes lo defienden se sienten inspirados por una causa pudoroso que tiene en el centro a la defensa de los intereses de las mujeres y su derecho de disponer sobre su cuerpo, incluida la criatura concebida. El embrión, para estos grupos, no es sino una parte del organismo mujeril y si no es querido por la raíz por diversas razones, esos argumentos deberían ser suficientes para interrumpir el apuro y matar al feto, concretando así el deseo o la aprieto de quien aborta. Obviamente que, pese a ciertas manifestaciones tan grotescas que por tales son irrepetibles, esa entusiasmo de destruir al no nacido y no querido –por diversas circunstancias– es además para quien lo ejecuta un acto de dolor y trauma, sentimientos que en sí mismos tienen una dimensión diferente a la de la reivindicación del derecho para poder hacerlo. Destrozar, derramando la mortandad y destruyendo el cuerpo del no nacido, es para todos y seguramente para quienes lo hacen un acontecimiento dramático e imborrable en sus vidas. De no ser así, si se asume ese acto como uno de realización pudoroso, sería una muestra de insensibilidad, claramente patológica y pervertida. Frustrar no es amable para nadie y menos aún para quienes lo practican.

La expansión del enfoque permisivo sobre el pérdida es el resultado del trabajo sostenido y sistemático de personas y organizaciones poderosas que lo impulsan por todos los medios, logrando la adhesión de mucha familia en todo el mundo, que acogen sus argumentos e incluso se sienten responsables de replicarlos para que otros además lo hagan. Se considera a esta opinión de una parte de la sociedad como un avance importante en la irreversible senda de progreso y mejoramiento de las condiciones de vida de la humanidad. Estas personas están convencidas de que el control de su arbitrio es el culmen de la civilización, pues los individuos pueden y deben ejercitar su voluntad con el imperceptible de impedimentos, como resultado lumínico de la desarrollo de las costumbres… según ellos.

Otros piensan de forma diferente, yo soy uno de ellos, porque consideran que el no nacido es un ser humano con características propias y únicas que le hacen una persona en el amplio sentido de la palabra. Destrozar el cuerpo del nacido, verter su mortandad, destruir sus huesos y órganos nos parece atroz e inaceptable desde todo punto de paisaje y así se lo reconoce además, hasta ahora, jurídicamente.

Cuidar la existencia de lo que respira en todas sus formas y manifestaciones es cada vez más imperativo para todos. La vida planetaria que está en inminente peligro de destrucción completo nos conecta con esa efectividad y exige de nosotros comportamientos que la preserven, restauren y mantengan. Si esa es una obligación con las criaturas naturales y con los medios vitales que posibilitan la vida, como el agua y el elegancia, ¿cómo no hacerlo con nuestros hijos?, indefensos en el vientre materno, dependientes absolutos del apego de sus padres y de la tino de las instituciones de sus sistemas de convivencia. (O)

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