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Towla 24

Este país que no merecemos – Opinión

mayo 3, 2021

Invitados por su dueño, con mi mujer hemos pasado algunos días en un campo del sureste de la provincia de Buenos Aires. Para presentarse allí, atravesamos en automóvil una parte de la ubérrima planicie porteño, repetida experiencia que me inspiró las presentes líneas.

Y digo repetida pues yo crecí en dirección a el oeste de la provincia, poco más allá de los que Benito Lynch denominó campos porteños. O sea que conozco acertadamente el bello panorama que ofrecen éstos, hasta el punto de formar parte del contexto que asocio a mi inicio y inexperiencia.

Pero, no obstante ello, cada vez que, por un motivo u otro, debo recorrerlos nuevamente, transitarlos me produce una mezcla peculiar de sentimientos: por una parte, esa emoción que nos invade al retomar contacto con los paisajes que fueron proscenio del primer tramo de nuestras vidas; por otro, el asombro que ocasiona corroborar hasta qué punto Jehová derramó sus dones sobre este país privilegiado que es el nuestro. País privilegiado que las actuales generaciones de argentinos hemos recibido como enviado sin cargo e inmerecido.

Partimos a media mañana y, a posteriori de comer en un boliche al paso, sesgamos la marcha por una ruta secundaria a cuyos costados aparecían rastrojos y sembrados donde pronto entraría la cosechadora; rodeos de hacienda Aberdeen, Shorthorn y Hereford; viejos cascos de estancia protegidos por grandes montes o viviendas rurales de pequeño porte, flanqueadas por galpones y tinglados con maquinaria agrícola.

Movimiento en la ruta. Pero no el tráfico presuroso de turistas urgidos por presentarse a la playa, sino el discurrir de lugareños que, con sus camionetas, se dirigen al pueblo para hacerse de semilla, repuestos o provisiones que ya no reciben la denominación genérica de vicios, como cuando yo era novicio. Inocente vicios, por cierto, consistentes en tabaco para la semana, alguna damajuana de caldo, hierba y, a veces, un diario obsoleto cuyo contenido, quizá, resulte mucho más tóxico que los nociones mencionados.

Pero, encima del movimiento habitual entre los campos y el poblado más próximo, por las rutas bonaerenses circula lo que podríamos atraer el tránsito del trabajo y la riqueza franquista. Pues, en objetivo, vimos moverse por ellas los equipos conformados por cosechadoras automotrices, tractores que arrastran sembradoras, arados de discos y hasta un tambor montado sobre ruedas destinado a apagar la sed de quienes trabajan a campo franco y al chispa del sol.

Y no son sólo los equipos destinados a la explotación agraria los que navegan por las rutas bonaerenses. Porque todavía, formando extensas caravanas, vimos avanzar enormes camiones y acoplados de varios ejes que conducen el producto del quehacer rural. Uno detrás de otro, bufando en las cuestas, abarrotados de toneladas de riqueza, suficiente para saciar a un mundo hambriento.

Godofredo Daireaux escribió un volumen, referido a una nación próspera, laboriosa y ilusionado. Se apasionamiento Los Milagros de la Argentina y trasunta el estado de actitud que caracterizó a nuestro país en épocas en que ocupaba un motivo destacado entre los principales del mundo. En épocas que, con ignorancia crasa, resentimiento mezquino y cochina envidia, son hoy vituperadas como expresión de tiempos felizmente superados.

¿Felizmente superados por la deplorable existencia que contemplamos? ¿Superados por este catálogo de frustraciones en que desembocó aquella promisoria empresa que fue la Argentina del pasado? Aquella Argentina de un pasado próximo que se desbarató por una suma de desaciertos, productos de la fealdad cuando no de la malicia aposentadas en el quehacer franquista.

Como no estoy hoy con actitud polémico, me abstendré de señalar cuándo empezó el desbarranque de la República. Que cada cual  fije ese  momento en el año le dé la apetencia: en 1912, con la Ley Sáenz Peña; en 1916, con el comienzo del radicalismo; en 1930, con la interrupción del orden constitucional; en 1946, con la aparición del peronismo; en 1955, con la Revolución Libertadora; en 1958, con el desarrollismo de Frondizi; en 1962, con la expulsión de éste; en 1970, con el derrocamiento del normal Onganía. Y paro de sugerir fechas porque es claro que nuestra decadencia arranca mucho antaño de 1970.

Decadencia, sí. No crisis, según apuntara lúcidamente Aníbal D’Ángelo Rodríguez. Las crisis son coyunturales y la decadencia es un liberal proceso paulatino. Como el que padecemos. Que es paulatino pero cada vez más rápido.

Aunque no he dejado de ser nacionalista, a veces me siento como un conservador pesaroso, indulgente respecto a los errores de la Coexistentes del 80 y poco amigo de utilizar el término Plazo Infame. Y es posible que haya poco de eso pues, cuando uno se aproxima al otoño de la vida observa con creciente desconfianza las revoluciones declamatorias y con veterano aprecio las realizaciones concretas y efectivas.

El coetáneo gobierno se define como revolucionario y, para acreditarlo, exhibe la militancia alegre de La Cámpora, la renacionalización de Aerolíneas e YPF y su alineamiento con Cuba y con Venezuela. Sin retención, no puede ufanarse de realizaciones concretas y efectivas, pues la militancia de La Cámpora se manguita en un refrito de marxismo obsoleto, la renacionalización de Aerolíneas e YPF sólo produce pérdidas al país y alinearse con Cuba y con Venezuela resulta sencillamente de mal estética.

En mi nuevo periplo porteño no sólo observé aspectos positivos, indicadores de la aptitud productiva argentina. Igualmente percibí pruebas de incapacidad y dejadez que revelan nuestra decadencia: puentes arrasados por el agua de una inundación décadas detrás y que nunca fueron reparados; pavimentos realizados por contratistas inescrupulosos y destruidos al poco tiempo por el paso de camiones cargados; silos cuyo contenido ha dejado de controlarse; construcciones adocenadas, de pésima calidad; parte de cuatrerismo impune.

Cualquiera escribió que la Argentina crece de oscuridad, o sea cuando los argentinos no la perturbamos. Y la observación tiene mucho de cierto. Porque poseemos, según dije, un país extraordinario, regalado por la naturaleza y tratado bondadosamente por la Historia. Pero no hilván con eso. Ya que necesitamos perentoriamente personas que capitalicen los dones gratis recibidos. Gobernantes, administradores, políticos, empresarios, productores, soldados. Y pensadores, estudiosos, clérigos, investigadores, artistas, poetas, maestros, padres de clan. Señalar lo cual nos impulsa a destacar la enorme diferencia de calidad que existe entre quienes construyeron la pueblo y quienes la están destruyendo.

Quizá a muchos no les gusten el normal Roca, Carlos Pellegrini, Newbery o Saavedra Lamas. Y hasta no descarto que cuenten con  argumentos para aducir su antipatía. Pero ocurre que si comparamos a cualquiera de ellos con los personajes que gozan de predicamento en la Argentina coetáneo, la diferencia de categoría resulta inconmensurable. Ya que a Roca, Pellegrini, Newbery o Saavedra Lamas se les oponen  Kirchner, Boudou, Maradona o Timerman.  Y no se me muestra de mala fe en la comparación, pues, para no cargar las tintas, he omitido a Cristina, Bonafini, Tinelli y Oyarbide. Que no es poco callar.

Hace muchísimo tiempo -mayo de 1966-, a raíz de un delirio al sur escribí en el circular De Este Tiempo un artículo de tenor parecido al presente. Y, legado que mantiene contemporaneidad, copiaré su extremo párrafo para dar fin a estas líneas. Decía hace 47 primaveras y repito ahora: Tenemos que hacernos dignos de la Argentina. Este es el anuncio que he recogido tras su figura deslumbradora. Mensaje que no han sabido escuchar los políticos cuando, en su deambular electoral, alzaron sus tribunas de espaldas al paisaje.

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