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“En los 70 Venezuela era la modernidad”: 3 colombianos que emigraron hace décadas y ya no quieren regresar (pese a la crisis)

abril 26, 2021
  • Guillermo D Olmo @BBCgolmo
  • BBC News Mundo, Caracas

7 minutos

Fuente de la imagen, Getty Images

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Muchos venezolanos han dejado su país en los últimos primaveras adecuado a la crisis económica.

En los últimos primaveras se ha vuelto una estampa habitual: multitudes de venezolanos rumbo a la frontera con Colombia huyendo de la crisis económica y social que sufre su país.

El colapso de su heredad ha hecho desaparecer más de la medio de la riqueza franquista de Venezuela, lo que ha dejado a muchos de sus habitantes sin medios de vida y sin otra alternativa que pirarse.

La vecina Colombia, a la que muchos se encaminan a pie, se ha convertido en destino preferente y, según las estimaciones del gobierno colombiano son casi dos millones los venezolanos que viven en el país.

Sin secuestro, hubo un tiempo en el que el itinerario habitual era el contrario, cuando Venezuela era un país próspero, referente en América Latina, y muchos colombianos buscaban allí las oportunidades que no encontraban en su país, magullado entonces por un conflicto armado y un último avance que el de su vecino.

Muchos siguen allí décadas a posteriori y hoy son venezolanos agradecidos con el país que los acogió. Tres de ellos nos contaron sus historias.

LíneaValentina Delgado

Fuente de la imagen, G. D. Olmo

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Valentina decidió retornar a Colombia, pero, tras una mala experiencia, regresó a Venezuela.

Las dos vidas venezolanas de Valentina

Valentina Delgado, de 63 primaveras, no duda cuando se le pregunta cuál fue su primera impresión de Venezuela cuando llegó con 19.

“Me impresionaban las autopistas, porque en Colombia no había autopistas tan bonitas ni tan adecuadamente cuidadas”.

Nació en una comunidad de campesinos en Socorro, en el colombiano sección de Santander, y allí no estaban acostumbrados a las grandes infraestructuras con las que sí contaba Caracas.

En rastreo del futuro que no atisbaba en Colombia y huyendo de un cuñado que la pretendía pese a haberse comprometido con su hermana, Valentina se marchó a Venezuela y empezó a trabajar como niñera para diferentes familias venezolanas.

Aquel era un país muy dispar al flagrante.

“Entonces Venezuela era muy próspera. Yo ganaba diez bolívares y para mí eso era un dineral”, recuerda.

Compaginaba sus trabajos de empleada doméstica con su sueño de estudiar, aunque fuera por las noches, para forjarse un porvenir.

Primero se graduó como secretaria ejecutiva. Luego, como abogada, profesión por la que se decantó: “Quería divorciarme de mi primer marido y no encontraba la modo”.

Su esfuerzo fue la razón principal por la que encontró trabajo en el mundo de la derecho, pero no la única.

“Tuve mucha suerte y siempre encontré en Venezuela concurrencia buena que estuvo dispuesta a ayudarme”.

Incluso disfrutó de experiencias que no estaban a su resonancia en su país de origen. “Fue en Venezuela cuando pude ir por primera vez a la playa, porque mi comunidad en Colombia no tenía medios para eso”.

Obtuvo la procedencia venezolana y vivió como una más, sufriendo a menudo los mismos problemas que padecían sus nuevos compatriotas.

“Me han robado muchas veces. Una vez iba en una buseta por el centro de Caracas y me pusieron una pistola en la habitante para robarle a todos los viajeros”.

El romance de Valentina con Venezuela pudo poseer tenido un desenlace diferente cuando ella tenía 38 primaveras.

“Mi pareja de entonces acababa de morir y me encontraba muy sola, así que vendí mi apartamiento y regresé a Colombia”.

Pero cuando empezaba a establecerse en Bogotá “unos delincuentes me abordaron en una cafetería, me drogaron con burundanga y me hicieron ir al tira y a mi casa y entregarles todos mis ahorros”.

La burundanga, el nombre popular de la escopolamina, es una sustancia droga de diversos usos que algunos delincuentes administran a sus víctimas para anular su voluntad y que sigan sus instrucciones.

En dosis altas puede ser perjudicial y en el caso de Valentina casi lo fue. Sus vecinos la encontraron tirada en la escalera de su casa y la llevaron a toda prisa a una clínica.

“Tardé seis meses en recuperarme y cuando lo hice tenía tanto miedo de retornar a cruzarme con aquellos hombres que decidí retornar a Venezuela a aparecer otra vez de cero”.

Su segunda vida venezolana siquiera le fue mal.

Se casó con un informático venezolano con el que vive atinado y agradece: “Su comunidad me acogió como si fuera una más”.

Ahora, adecuado a la crisis venezolana, vuelve a contemplar pirarse, pero no se termina de convencer. Ya lo intentó en 2014, cuando se marchó a Estados Unidos para finalizar regresando a Venezuela porque su marido no se adaptó.

Mientras tanto, complementa su escasa pensión con trabajos ocasionales como abogada y sigue viviendo como lo que dice que es: “Una colombiana con el corazón venezolano, o al revés, como prefieran”, afirma entre risas.

LíneaElkin Caro en una pista de tenis.

Fuente de la imagen, G. D. Olmo

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Elkin Caro acabó ganándose la vida como profesor de tenis en Caracas.

Él, de Colombia a Venezuela; sus hijos, de Venezuela a Colombia

Cuando a Elkin Caro su religiosa lo sacó de Colombia siendo un nene, no imaginaba que tardaría décadas en regresar.

Lo hizo finalmente en 2019, cuando viajó a pasar revista a uno de sus hijos venezolanos, que había emigrado allí.

“Llegué a la época de Barranquilla, con sus andenes y quioscos inteligentes, me recordó a la Venezuela a la que yo llegué”, dice en conversación con BBC Mundo.

El contraste que notó entre la Venezuela en crisis y la flagrante Colombia le recordó a la que percibió cuando era un nene al que su religiosa llevó del pequeño corregimiento de Murillo, en el sección colombiano de Penitente, a la bulliciosa Caracas de la lapso de 1970.

“En nuestro pueblo, en Colombia, estaba acostumbrado a ver burros y gallinas; fue en Venezuela donde me acostumbré a ver carros y la televisión. Venezuela era entonces la modernidad”.

En Venezuela, su religiosa se emparejó con el venezolano que acabaría convirtiéndose en un padre para él. El suyo los había dejado hacía tiempo.

Gracias a él encontró trabajo como recogepelotas en un club de tenis; y gracias a su dedicación y condiciones, la posibilidad de formarse como profesor de este deporte, que le apasiona y al que sigue dedicándose. Pocos de sus alumnos en las instalaciones de la Agrupación Venezolana de Tenis en Caracas adivinarían que su instructor tiene 54 primaveras.

Elkin Caro en una pista de tenis.

Fuente de la imagen, G. D. Olmo

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Caro cuenta que cuando él emigró Venezuela representaba la modernidad.

En los últimos primaveras ha asistido al estropicio de las condiciones de vida en su estado adoptiva, que ha empujado a cuatro de sus hijos a pirarse, dos de ellos precisamente a Colombia.

Se alegra, porque, según dice, “la nubilidad aquí corre mucho peligro”, y su comunidad todavía está atravesando dificultades.

Pese a todo, y aunque nunca tramitó su procedencia venezolana, dice: “Venezuela me trató excelentemente y me paro firme en presencia de su himno y su bandera. Yo me siento venezolano”.

LíneaMaría en la escalera del edificio en el que trabaja.

Fuente de la imagen, G. D. Olmo

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María se marchó de Colombia siendo una muchacha y nunca regresó.

María y sus ganas de conocer

Venezuela y Colombia son hoy muy distintas a cómo eran cuando nació hace 81 primaveras en el pequeño corregimiento de San Pablo, en el sección de Bolívar, en Colombia.

Todos la han llamado siempre María. Todos, menos el cura castellano que la bautizó y que se negó a inscribirla como María Dionisia, como quería su comunidad, porque “decía que no se podía tener el nombre de dos santos”.

No supo que oficialmente se fogosidad Dionisia Tejedor hasta que, siendo ya una mozo de espíritu arriesgado que se buscaba la vida en Venezuela, los servicios de Extranjería venezolanos rechazaron una de sus solicitudes porque su nombre no coincidía con la partida bautismal.

Había llegado el 22 de mayo de 1963 en un autobús al que se subió tras cruzar una de las trochas (paso informal) que atraviesa la frontera entre los dos países y sin documentación en regla.

“No me gustaba estudiar, sino trabajar y poder transcurrir dispensado”. La pujante Venezuela de entonces parecía entonces el mejor motivo para hacer eso y otras amigas colombianas ya habían hecho el alucinación. .

Cambió los camiones cargados de maíz, plátano y arroz de su pueblo en Colombia por los altos edificios y automóviles final maniquí de la bulliciosa Caracas de los primaveras del expansión petrolero.

La ciudad no le daba miedo. Ya con 14 primaveras se había escapado del hogar deudo a Cartagena, donde un rama de soldados la asaltó en plena tenebrosidad mientras dormía en un parque de la ciudad. “Quien sabe si querían violarme. Yo grité y grité hasta que llegó una patrulla de la Policía”.

En Caracas todo era nuevo para ella. Recuerda que al principio sobrevivió gracias a la ayuda de otras jóvenes colombianas que vivían en el extrarradio de Petare.

Como muchas de ellas, acabó encontrando trabajo como empleada doméstica y niñera, aunque al principio se enfrentó con el mismo estigma que hoy persigue a muchos venezolanos que emigran a otros países latinoamericanos. “Los colombianos teníamos auge de ladrones, así que casi todos los trabajos en el servicio se los quedaban españoles y portugueses”.

Algunos de los niños a los que ayudó a criar se encariñaron tanto con ella que sus familias quisieron llevársela a medida que fueron abandonando el país, y dice que tuvo oportunidades para delirar a Canadá, Estados Unidos y España.

Pero ella nunca se vio fuera de Venezuela, entre otras cosas, porque no soporta los aviones.

Tan a distinción está en Venezuela y tan poco le gusta delirar que lleva más de 28 primaveras sin ir a Colombia, donde aún le queda comunidad.

En los últimos primaveras ha trabajado como conserje en un edificio residencial en una colonia de clase media en el este de Caracas. Aunque sus vecinos dicen que María es mucho más que una conserje, que es más adecuadamente el alma del edificio.

En casi 60 primaveras en Venezuela ha tenido tiempo de muchas cosas, como cruzarse con hombres que no la conquistaron: “Todos los que conocí quisieron aprovecharse de mi trabajo”.

Y todavía de fastidiar y conocer las bondades de un sistema sabido de sanidad hoy en horas bajas.

“En la Maternidad Concepción Palacios de Caracas me operaron de un fibroma en el matriz y recibí un trato excelente”, recuerda.

Más recientemente, se ha enfrentado a un cáncer con la ayuda de los médicos del Hospital Marcial de la haber venezolana.

“Espero terminar de recuperarme y no recaer. Y si recaigo, pues que sea para ya irme. Son 81 primaveras y ya está bueno”, comenta con ciudadanía

Cuando ese momento llegue, tiene claro dónde quiere quedarse. “Mi deseo es vencer en Venezuela”.

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