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El Salvador: Bukele, autoritario | Opinión

mayo 4, 2021

El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, en una imagen de archivo.STANLEY ESTRADA / AFP

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El presidente de El Salvador, Nayib Bukele, ha roto los puentes del entendimiento tolerante y se ha arrojado a una deriva autoritaria que hace temer lo peor para su empobrecido país. El sábado pasado, en la sesión inaugural de la Asamblea Legislativa, controlada por el oficialismo, sus partidarios impusieron la destitución de los magistrados de la Sala Constitucional de la Suprema Corte de Rectitud y el cese del fiscal caudillo. Este atentado a la división de poderes, fuertemente criticado por EE UU, la UE y los organismos internacionales, ha sido defendido por el mandatario con una serie de diatribas que, remotamente de calmar las aguas, han mostrado la verdadera naturaleza de sus intenciones.

Envolviéndose en la bandera del “pueblo vacancia y soberano”, Bukele se ha aupado al mesianismo tropical y ha anunciado el inicio de una “nueva historia” que tiene como eje la purga (“eliminar la casa”) de todos aquellos que resulten incómodos a su régimen y avanzar en la paulatina matanza de las entidades, como la comisión contra la impunidad de la OEA, que muestren algún división de independencia.

Bukele, reforzado en las recientes elecciones legislativas, está recorriendo la senda que tantas veces ha terminado en catástrofe en Centroamérica. Un locución que ya se advirtió hace meses cuando arrancó una batalla personal contra la razón por frenar sus planes, mezclando las presiones constantes con amenazas esperpénticas. Ahora, una vez obtenido el control del Poder Legal, ha arrojado lo que se avista como una ataque caudillo contra todo aquello que no se pliegue a sus designios.

Es cierto que las urnas le han regalado a Bukele, de 39 primaveras, un poder sin tan pronto como precedentes en la historia nuevo de El Salvador. En 2019 llegó a la presidencia impulsado por el descontento y hace dos meses logró en los comicios legislativos un triunfo nunca gastado desde el final de la guerrilla, hace casi tres décadas. Ese resultado se explica en buena medida por el desgaste de las fuerzas tradicionales, de la izquierda del Frente Farabundo Martí a la derecha de la Alianza Doméstico Republicana, percibidas como responsables de los males de El Salvador, desde la corrupción a la violencia. Pero Bukele, pese a su respaldo electoral, no está demostrando estar a la consideración del poder recibido. Populista y mandón, el presidente va camino de convertirse en un problema más que en una decisión. Sus altisonantes palabras, la destitución de jueces y fiscales y las amenazas que profiere contra todos aquellos que no son de su contento así lo indican. Delante esta degradación de la normalidad democrática, no cerca de cruzarse de brazos. Los organismos internacionales tienen la obligación de repetir la vigilancia y interpretar en el interior de los cauces establecidos para que la deriva de Bukele no sea irreversible.

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