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Towla 24

El insólito festejo del Gobierno

abril 30, 2021

Casi seis meses luego de que el presidente de la Nación anunciara públicamente que esperaba inocular a diez millones de argentinos en dirección a fines de diciembre zaguero, el Gobierno festejó insólitamente ayer que el país haya llegado a diez millones de vacunas recibidas. Fue mediante un spot televisivo difundido poco luego de que anoche arribara a Ezeiza el planeo 1051 de Aerolíneas Argentinas, proveniente de Beijing, con rodeando de un millón de dosis de la vacuna Sinopharm, que se aplicarían mayoritariamente a aquellas personas que ya han recibido la primera dosis.

“10 millones de motivos para tener esperanza”, señalaba la comunicación oficial, acompañada por la alarde de algunos funcionarios, que tal vez no recordaban que, el 6 de noviembre, el propio presidente Alberto Fernández había prometido que, si todo iba correctamente, “podríamos inocular sobre finales de diciembre a diez millones de personas”. Tal objetivo podría alcanzarse recién ahora, aunque la mayoría de los argentinos, incluidos varios millones que se encuentran en grupos de peligro, quedarán relegados al papel de observadores pasivos que contemplan lo inalcanzable, con la ñata contra el vidrio, como el chiquilín del Cafetín de Buenos Aires, de Enrique Santos Discépolo.

Se estima que entre personal de vigor y táctico, mayores de 60 primaveras y menores de esa años que pertenecen a grupos de peligro, hay rodeando de 15 millones de personas. Si cada una de ellas debiera percibir al menos dos dosis, puede concluirse que se hubiese requerido el triple de dosis de vacunas que las que llegaron hasta anoche al país. Tan acullá de ese objetivo, y en medio de la más cruenta etapa del coronavirus, con récord de muertes diarias y de internados en unidades de terapia intensiva, el Gobierno no tuvo mejor idea que festejar los diez millones de vacunas.

No es incorrecto imaginar que las vacunas pueden representar votos. Al menos las encuestas de opinión pública reflejan en las últimas semanas que la imagen sobre la papeleo oficial tiende a ser mejor entre quienes recibieron alguna de las dosis contra el Covid-19.

Esta cuestión asimismo ha llegado a los mercados y a los agentes económicos. Si hoy se efectúa un relevamiento entre los actores de este sector y los inversores, y se les pregunta cuál sería la mejor mensaje que esperan, esta vez no contestarán que aguardan una deducción en los impuestos, ni señales de una desaparecido del obligación fiscal, ni un crecimiento del consumo. Lo que más les importa hoy es que lluevan vacunas.

La explicación de ese singular deseo es eminentemente económica. Sin las suficientes vacunas, se prolongarán las restricciones a la actividad económica, caerán las expectativas de recuperación, decrecerá el consumo, se sucederán los quebrantos entre las empresas, disminuirá la colecta tributaria de un Estado que deberá retornar a aumentar el pago sabido para atender las deyección de los sectores más castigados, se retrasará aún más la ilusión de una mínima solvencia fiscal y se potenciará la incertidumbre. La conclusión: otro año perdido.

Pocas veces ha habido tanto consenso entre unos y otros: la Argentina necesita vacunas.

Sin retención, dista de ser el coronavirus la principal preocupación de los argentinos. Por acullá, la cuestión sanitaria es superada por las inquietudes de tipo financiero, sumadas la inflación, la insuficiencia de los salarios y el desempleo.

El presente año se inició con importantes expectativas de crecimiento financiero, tras la caída del PBI de casi diez puntos a lo prolongado de 2020. Tal vez la palabra crecimiento no resulte la más apropiada para describir lo que está ocurriendo, a la luz de que, en el mejor de los casos, asistiríamos a un retroceso parcial desde el más indeterminado subsuelo.

Con destino a fines de marzo, el Asiento Mundial estimó que la Argentina crecería en 2021 un 6,4% del PBI; poco luego, el FMI proyectó una prosperidad del 5,8%. Pero el hijuelo de los contagios por Covid ha comenzado a poner en duda esos pronósticos. Hoy los interrogantes pasan por cómo se atenderán las deyección de los sectores más afectados por las políticas domésticas y las restricciones impuestas a la bienes frente a la crisis sanitaria, sin comprometer aún más la estabilidad fiscal y monetaria.

La ilusión sobre la recuperación de la solvencia fiscal se diluye cada vez más si se tiene en cuenta que, encima de afrontar un complicadísimo contexto inodoro, estamos en un año electoral. Por lo pronto, casi todos los analistas económicos descuentan que el acuerdo con el FMI por la renegociación de la deuda de unos 45.000 millones de dólares no se firmaría antiguamente de las elecciones legislativas. Otro hacedor que alienta la incertidumbre.

El presupuesto para este año contemplaba un obligación fiscal del 6% del PBI y una lanzamiento monetaria del 3,2%. Sin retención, las últimas licitaciones de humanidades del Riquezas para financiar el obligación vienen mostrando un beocio interés de los inversores. Y se sabe que el obligación que no puede financiarse con la ayuda del mercado, suele ser cubierto con viejo lanzamiento monetaria, lo que termina ejerciendo presión sobre los precios domésticos y sobre el mercado cambiario.

La suba del dólar en todas sus versiones durante las últimas dos semanas, y en particular del informal o “blue”, que trepó desde los 140 hasta los 162 pesos, aunque ayer descendió a 154, es una advertencia para el Gobierno, donde hoy comienzan a barajarse alternativas que van desde una suba en las tasas de interés para carear la creciente inflación, luego del 4,8% de incremento del Índice de Precios al Consumidor en marzo, hasta un incremento en las retenciones a las exportaciones agrícolas, como el que dejó trascender la secretaria de Comercio, Paula Gachupin, con el poco diferente pretexto de que el precio internacional de la soja ha venido subiendo sostenidamente.

Hoy prácticamente nadie envite a que el gobierno de Alberto Fernández hará poco diferente de lo que viene haciendo. La presente empresa parece insistir por el momento en las mismas recetas del pasado que de ningún modo surtieron el objetivo deseado. Sigue imaginando que con precios máximos, congelados o cuidados podrá frenar la inflación; que con la simple presión a las empresas podrá aumentar la producción; que es posible distribuir la riqueza sin haberla creado; que aumentando los impuestos podrá aliviar el obligación fiscal y que, en última instancia, siempre estará a la revés de la cumbre la alternativa de esquilmar aún más a los sectores más dinámicos de la bienes, con el campo a la inicio.

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