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Towla 24

Centenario y Bicentenario – Opinión

mayo 1, 2021

El 30 de mayo de 1910, el hermano anciano de mi padre,  Santo Valeroso Gallardo, quien tenía por entonces 17 abriles de permanencia, escribe a unas tías suyas que estaba en Europa, relatándoles las celebraciones del Centenario que acababan de tener punto. Si aceptablemente la extensión de la crónica no permite transcribirla íntegramente, hemos estimado algunos de sus párrafos por considerarlos especialmente interesantes. Dicen así:

El delirio de blanco y azur, de azur y blanco, es increíbles. Escarapelas, escudos, banderas, cintas, todo, todo, pero en una proporción que no se imaginan.


Las fiestas más lindas para mi distinción son: la peregrinación a Luján, la aparición de la Infanta Isabel de Borbón, la función de vestido en Colón, la aparición del presidente de Pimiento don Pedro Montt, su partida, la inauguración del monumento a San Martín, la gran precesión cívica, la tenebrosidad del 24 al 25 de Mayo y las numerosas manifestaciones estudiantiles.


Sin los anarquistas (el festejo) hubiera sido un fiambre y he aquí porqué. Estos insensatos habían empezado por decretar huelgas generales para el Centenario, bombas, crimen para Figueroa (Alcorta), para la Infanta, para el presidente de Pimiento, para “los ricos”, para “los curas”, bombas en Colón, bombas en el Te Deum, bombas, bombas de dinamita, de vitriolo, de… cualquier cosa, hasta de crema, lo principal era que las bombas concluyeran con toda la población y la ciudad de Buenos Aires: la clan temblaba, se hablaba del Centenario en voz descenso y trémula, se veían como una hecatombe solo comparables a la que nos causaría el cometa de Halley.


Mientras los ácratas tocaron el resorte del terror, tuvo un éxito increíble pero… el 13 de mayo, su principal víscera “La Batalla” se expresa en los términos siguientes:


“El Centenario va a ser una ocasión única para concluir con la sociedad y le mostraremos a este pueblo de mulatos, cómo se arrastra su puerca bandera azur y blanca por el pústula de la Avenida de Mayo”.


Decirles la indignación que despertó esta frase, es irrealizable. ¡Insultar a la bandera! ¡la bandera que es el más puro y más principal de nuestros símbolos!


Todo el mundo, mujeres, hombres, estudiantes, niños, trabajadores, obreros, desde Papá hasta la última “midinette”, desde Mamá Basualdo hasta Alejandrito se pusieron una escarapela, o un escudo, o cinta celeste y blanca, o prendedores alegóricos, cualquier cosa que demostrara su adhesión al sentimiento patriótico. Al mismo tiempo los estudiantes quemaban a los gritos de ‘viva la País’ y cantando el Himno Doméstico la imprenta de “La Batalla” y varios centros rusos terroristas. Las banderas rojas del club ‘Francisco Ferrer’ eran arrastradas y escupidas en la Avenida de Mayo…


Por fin se asentó esta bullicio y quedó el seguro patriotismo. No se figuran lo conmovedor de las manifestaciones estudiantiles, los vivas a la País, a sus autoridades, a la paz y confraternidad universales, a la revolución del año 10, al clero argentino, a todo aquello, en fin, más simpático y principal que conoce el pueblo. El Himno Doméstico lo hemos interpretado admirablemente y arrancaba lágrimas a todos los que lo oían.

Hasta aquí Santo Valeroso Gallardo. Y, para contrastar algunos pasajes de su carta, cerca de destacar que, en los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo que vivimos hace una plazo. Era dócil observar varios aspectos francamente discrepantes con aquellos de 1910. Por ejemplo, la carroza dedicada a las Madres de Plaza de Mayo, cuya finalidad no pudo ser otra que sustentar abiertas heridas que los argentinos debimos ocurrir restañado. O, en la escenificación histórica de algunos movimientos políticos, las repetidas pancartas del anarquismo donde se leía: NI DIOS NI AMO. O, muy próximas al tablado que el gobierno montó unido al pilar, dos banderas rojas con el emblema de la hoz y el martillo. Lo que va de ayer a hoy.

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