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Towla 24

Cambio climático: Digitalización, de marrón a verde | Opinión

abril 29, 2021

Un técnico observa varios paneles de energía solar.AP

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Lo digital puede parecer poco leve y no contaminante. Desde luego fue un temperamento del márquetin el que inventó el término “aglomeración” para conversar de esos gigantescos centros de almacenamiento y procesamiento de datos, basados en tierra, y que consumen ingentes cantidades de electricidad, y, si esta no proviene de fuentes limpias, generan gases de propósito invernadero en gran escalera, a lo que hay que sumar los equipos que sostienen la digitalización, incluidas las redes y la enorme fauna de los dispositivos de usuarios. Europa —y en el interior de ella España— están lanzados a dos enormes transformaciones: digitalizar su sociedad y peculio, y descarbonizarla. Hasta ahora eran temas separados, y, sin secuestro, hay que conciliar de forma estrecha ambas transiciones.

Elon Musk cae en una gran contradicción cuando impulsa a comprar sus coches eléctricos para no contaminar, y a la vez a alterar en bitcoins, criptomoneda basada en una tecnología gran consumidora de electricidad. Se calcula que las operaciones de minería de bitcoins de China podrían terminar consumiendo tanta energía y creando tantas emisiones de carbono como algunos países europeos enteros (como la República Checa). El ingeniero francés Luc Julia recuerda cómo un simple selfie puede resultar anodino. Pero colgado en una red social como Facebook o Instagram, supone una información que ha represión decenas de miles de kilómetros por ondas y en fibras hasta los centros de datos de estas empresas, y de envés para que se lo descarguen en sus terminales los usuarios de estas redes. Esa simple foto podría, así, consumir el equivalente a tres o cuatro bombillas de bajo consumo vatios encendidas durante una hora.

Contar las emisiones de CO2 no es realizable, ya que dependen del origen de la electricidad que usen los equipos tanto en su grado de uso como en la de su producción. Con estas dudas, se calcula que en 2020 el sector digital consumió un 3% de la energía primaria universal, un 7% de la energía eléctrica, y generó un 5% de las emisiones globales de CO2. La digitalización y la descarbonización son las dos grandes prioridades (20% y 37% de los fondos de recuperación europeos), pero no se enlazan como deberían. Es urgente conciliarlas, incluidas varias modalidades de inteligencia químico que cada vez consumen más datos y más electricidad, más allá de que las tecnologías digitales resultan esenciales para diseñar y ejecutar la lucha contra el cambio climático. Esta conciliación es parte de la ética que ha de agregar el proceso de digitalización, que por otra parte de ser “humanista” (human-centered), todavía debe centrarse en la ecología (eco-centered).

En esta aspiración, las empresas se han destacado a los gobiernos. Casi todas las grandes tecnológicas digitales han prohijado en los últimos dos primaveras planes para el consumo de energía renovable (o nuclear en el caso francés). Ahora aceptablemente, en este impulso empresarial, no baste que el aumento del consumo de electricidad provenga de fuentes existentes no emisoras de gases de propósito invernadero, pues debe hacerse con fuentes adicionales. Las instituciones públicas —nacionales y la propia Comisión Europea— han tardado más, y solo han empezado a incorporar estos objetivos de forma nuevo. Son cuestiones que a menudo van por separado, en parte oportuno a razones conceptuales y en parte a razones burocráticas: los departamentos que tratan estos temas suelen ser diferentes. El Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Gobierno castellano, así como otras estrategias, ya lo incorpora, pero de una forma aún excesivamente universal. En la nuevo Cumbre de Líderes sobre el Clima, convocada por Biden, se anunciaron muchos compromisos, pero carencia de carencia sobre la descarbonización de la digitalización.

España tiene fortalezas de cara a esta problemática. El peso de las energías renovables en la producción total de electricidad fue de un 43,6% en 2020, su anciano cuota desde que existen registros. Pero todavía debilidades. En cuanto a teletrabajo, por ejemplo, uno de los factores de peculio de emisiones con los desplazamientos físicos y reuniones presenciales, España, incluso durante la pandemia, está entre los países más bajos de la UE: un 30%, en comparación con más de un 60% entre los nórdicos. Por otra parte, poliedro que la climatización de los centros de datos, la requisito de mantenerlos a herido temperatura, representa casi un 50% de su consumo energético, España está en desventaja, por lo que debe aspirar a otro tipo de compensaciones.

En todo caso, esta conciliación no es solo una cuestión de responsabilidad de las empresas y de los gobiernos, sino de la ciudadanía en su uso y consumo. Es una cuestión de país. En el crónica que hemos realizado al respecto para el Actual Instituto Elcano, Digitalización con descarbonización, proponemos la elaboración de un barómetro medioambiental para promover las mejores prácticas de todo el ecosistema digital, privado y sabido, a escalera doméstico y europea.

Gregorio Martín Quetglas es catedrático emérito de la Universidad Politécnica de Valencia. Andrés Ortega es investigador senior asociado del Actual Instituto Elcano. Son los autores del crónica de este postrero centro sobre Digitalización con descarbonización.

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